y que en un mes exactamente sume una primavera; justo cuando empieza el otoño.
Así es él,
el campo de margaritas que todos buscamos cuando se caen las hojas.
Porque en cualquier momento él es el sol de una tarde de mayo.
Siempre voy a ser su niña pequeña, para algo fui la tardía,
la que sigue teniendo pesadillas pero ahora de día,
la que llora por las noches antes de dormir y no al despertarse,
la que sigue necesitando una guerra de cojines cuando el día se pone raro.
La que cuando se ha perdido, no busca encontrarse,
sino alguien que se pierda con ella y no conozco mayor perdido que aquel desorientado.
La niña que nunca dejará de sentirse protegida por esos dos brazos.
Esos cosidos a mordiscos por mujeres que ya querrían tenerlo en la cama como lo tengo yo,
tumbado agarrándome fuerte y diciendo que todo tiene que ir bien,
y es que él nunca contempla otra posibilidad que salir ganando.
Los que dicen que ser fuerte es no llorar
es que no saben lo que es hacerlo a su lado;
aunque yo no lo había llamado; aparece.
ni lo poco que cuesta dejar de lagrimear cuando abre la boca
y cuenta cualquier historia,
gracias a la que esta noche en vez de gastar pañuelos voy a agotar horas de sueño,
mejor que una nana, mejor que un cuento.
Los que creen que lo saben todo, no suelen saber nada.
Es de toda la vida, una suerte, ojalá para toda y desde luego: el hombre de mi vida.

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